…
Bajo la ciudad gris y
tenebrosa, bajo la piedra, bajo la sombra, bajo un pozo infinito, bajo piedra
sobre piedra, bajo sombra tras la sombra, en el confín de las tinieblas, un
breve destelló despertó a su majestad.
A través de la angosta grieta
en la pared, un rayo de luz se filtraba en la sala, iluminándola. El monarca se
enderezó en el lecho de su jaula. La puerta estaba abierta, pero el ave regia
no se movía, ni casi apenas respiraba. Eran espléndidas sus alas, era noble su
plumaje, mas allí, fijo, siempre inmóvil descansaba, dejando la voz quieta en
misteriosos pensamientos. La puerta estaba abierta, todo había cambiado. El sol
doraba sus reales aposentos. Un dios lejano le tendía su luminosa mano abierta,
con cariño. Amanecía.
Era libre de cruzar una y otra
vez los horizontes; libre de respirar el aire puro de las montañas; libre de
cortar las caricias del viento en vuelo desbocado, sin seguir ningún rumbo
establecido; era libre de las voliciones del destino, y dueño de su vasto
reino. Y sin embargo, no salió en busca del murmullo del arroyo, no persiguió
la blanca nieve, no lloró la eterna gracia.
Los pajarillos de la calle le
cantaban con dulzura, invitándole a conquistar los frutos del nuevo mundo. Él
les respondió expresando su furia soberana, contoneando su tórax emplumado,
agitando sus alas majestuosas y revolviéndose violentamente. Después, alzó su
negro cuello, enhiesto, y emitió un bramido grotesco y quebrado.
A lo lejos, todos escuchamos un
graznido en el que un alma aterrada exigía libertad, y con ella, nosotros los
súbditos, nos despertamos.
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