Proyectos de siglo.

Pues sí, creo que va a siendo hora de empezar a entregarme en serio al sueño aquel de ser escritor.
Y supongo que ya es la hora del mundo de empezar a entregarse en serio a su sueño, de ser mundo.


domingo, 28 de septiembre de 2014

Amanecía.

Bajo la ciudad gris y tenebrosa, bajo la piedra, bajo la sombra, bajo un pozo infinito, bajo piedra sobre piedra, bajo sombra tras la sombra, en el confín de las tinieblas, un breve destelló despertó a su majestad.
A través de la angosta grieta en la pared, un rayo de luz se filtraba en la sala, iluminándola. El monarca se enderezó en el lecho de su jaula. La puerta estaba abierta, pero el ave regia no se movía, ni casi apenas respiraba. Eran espléndidas sus alas, era noble su plumaje, mas allí, fijo, siempre inmóvil descansaba, dejando la voz quieta en misteriosos pensamientos. La puerta estaba abierta, todo había cambiado. El sol doraba sus reales aposentos. Un dios lejano le tendía su luminosa mano abierta, con cariño. Amanecía.
Era libre de cruzar una y otra vez los horizontes; libre de respirar el aire puro de las montañas; libre de cortar las caricias del viento en vuelo desbocado, sin seguir ningún rumbo establecido; era libre de las voliciones del destino, y dueño de su vasto reino. Y sin embargo, no salió en busca del murmullo del arroyo, no persiguió la blanca nieve, no lloró la eterna gracia.
Los pajarillos de la calle le cantaban con dulzura, invitándole a conquistar los frutos del nuevo mundo. Él les respondió expresando su furia soberana, contoneando su tórax emplumado, agitando sus alas majestuosas y revolviéndose violentamente. Después, alzó su negro cuello, enhiesto, y emitió un bramido grotesco y quebrado.

A lo lejos, todos escuchamos un graznido en el que un alma aterrada exigía libertad, y con ella, nosotros los súbditos, nos despertamos.

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