Tan noble soy que vine suspirando
por ti en fuego
ardiente encendido,
y fui con hielo
frío recibido,
sin mi amorosa
voz cesar callando.
Tan firme soy que al confesar llorando,
mi gran amor sin salvación vivido,
sufrí el dolor
de padecer tu olvido;
y así permanecí:
muriendo, amando.
Ya no sé en qué, este alma se sostiene,
guiada de un funesto
pensamiento,
cuando por ti me
quejo de esta suerte,
del que es tu
mismo amor quien me detiene,
llevando el cuerpo a soportar, tormento
amargo, que al
espíritu da muerte.
