Las
maquinitas de lucecitas rojas vociferaban entre códigos y pitidos la inminente
venida de la tempestad mediática conocida como horario de máxima audiencia.
Los
espectadores, cada uno desde sus hogares, aguardaban impacientes la primicia de
aquella nueva sesión.
Iba
a ser una ardua batalla contra la competencia.
Nuestro
canal, pese a la reciente mala racha de fracasos televisivos, se sentía con
fuerzas para el inmediato combate contra el prometedor estreno de sus adversos
rivales: Una serie familiar que combinaba con gran estilo el romance y la
aventura.
No
obstante, las esperanzas de nuestra emisora se sostenían en la fuerte seguridad
que es capaz de proporcionar una sabrosa exclusiva en un programa de tertulia
del corazón.
Se
palpaba el drama y la tensión en los escenarios. Aquella noche rodarían en
directo. Más peligroso que cualquier imprevisto de corte violento o agresivo
durante el rodaje, sería precisamente lo contrario, que tanto los tertulianos
como los entrevistados fuesen incapaces de causar emoción debido a la falta de
un guión supervisado por un director de escena segundo a segundo.
Podría
haberse dicho que el plató estaba en llamas y no habría sido fácil sencillo
percibir la diferencia.
Por
todas partes corrían sin rumbo técnicos del escenario y de la buena escena. Era
una definición del caos que rozaba la exactitud.
Sosteniendo
su escoba con el gesto de un guerrero y la templanza de un buen músico,
contemplaba uno más de los bedeles el panorama, desde un rincón oscuro y
solitario.
Era
un hombre en paz. Sin agobiarse por la dura labor que tendría reservada un par
de horas después, tras finalizar la emisión, dejaba a su respiración mecerse
entre los vientos del reposo. Entre aquel bullicio humano, sabía encontrar la
paz. Se sentía como aquel viejo barquero Caronte de las aún más viejas
leyendas, que presenciaba ante sí los millares de espíritus errantes que día
tras día debería transportar de un lado al otro del río Estigia. Como este, en
lugar de desesperase por el esfuerzo y
la rutina, veía un duro reto ante sí. Y este reto que jamás sería recompensado
ni por unos dioses caprichosos, ni por unos roñosos empresarios, le traía la
felicidad. Veía en cada suspiro un trepidante relato, una pequeña joya del
interés, una purísima gota de la roja sangre que le daba vida.
Eran
cientos de millones de libros insatisfechos que nunca caerían dormidos en el
regazo de las bibliotecas.
Eran
la vida de las vidas que pasaban. Eran los viajantes y al mismo tiempo las
propias aguas del río del mundo de los muertos.