Proyectos de siglo.

Pues sí, creo que va a siendo hora de empezar a entregarme en serio al sueño aquel de ser escritor.
Y supongo que ya es la hora del mundo de empezar a entregarse en serio a su sueño, de ser mundo.


viernes, 28 de febrero de 2014

Soneto VI

Sombras viles del llanto más amargo,
fauces negras de un podrido infierno.
Almas de granito en aires muertos
de insufrible sufrir desencarnado.

Vil dolor vertido en tajos sangrados
de las aquileas espadas herederos.
Aquí en esto estoy y en esto la siento:
¡Dolorosa vida de amor negado!

¡Oh, divino corazón hermético!
Te sonrío de pura fantasía.
¡Oh, divino cielo de linaje épico!

A ti me entrego en vital rebeldía;
al fruto del sentimiento poético
y sangre de la mejor poesía.


martes, 18 de febrero de 2014

Pequeña escena de antes de salir a escena.

Las maquinitas de lucecitas rojas vociferaban entre códigos y pitidos la inminente venida de la tempestad mediática conocida como horario de máxima audiencia.
Los espectadores, cada uno desde sus hogares, aguardaban impacientes la primicia de aquella nueva sesión.
Iba a ser una ardua batalla contra la competencia.
Nuestro canal, pese a la reciente mala racha de fracasos televisivos, se sentía con fuerzas para el inmediato combate contra el prometedor estreno de sus adversos rivales: Una serie familiar que combinaba con gran estilo el romance y la aventura.
No obstante, las esperanzas de nuestra emisora se sostenían en la fuerte seguridad que es capaz de proporcionar una sabrosa exclusiva en un programa de tertulia del corazón.
Se palpaba el drama y la tensión en los escenarios. Aquella noche rodarían en directo. Más peligroso que cualquier imprevisto de corte violento o agresivo durante el rodaje, sería precisamente lo contrario, que tanto los tertulianos como los entrevistados fuesen incapaces de causar emoción debido a la falta de un guión supervisado por un director de escena segundo a segundo.
Podría haberse dicho que el plató estaba en llamas y no habría sido fácil sencillo percibir la diferencia.
Por todas partes corrían sin rumbo técnicos del escenario y de la buena escena. Era una definición del caos que rozaba la exactitud.
Sosteniendo su escoba con el gesto de un guerrero y la templanza de un buen músico, contemplaba uno más de los bedeles el panorama, desde un rincón oscuro y solitario.
Era un hombre en paz. Sin agobiarse por la dura labor que tendría reservada un par de horas después, tras finalizar la emisión, dejaba a su respiración mecerse entre los vientos del reposo. Entre aquel bullicio humano, sabía encontrar la paz. Se sentía como aquel viejo barquero Caronte de las aún más viejas leyendas, que presenciaba ante sí los millares de espíritus errantes que día tras día debería transportar de un lado al otro del río Estigia. Como este, en lugar de desesperase por  el esfuerzo y la rutina, veía un duro reto ante sí. Y este reto que jamás sería recompensado ni por unos dioses caprichosos, ni por unos roñosos empresarios, le traía la felicidad. Veía en cada suspiro un trepidante relato, una pequeña joya del interés, una purísima gota de la roja sangre que le daba vida.
Eran cientos de millones de libros insatisfechos que nunca caerían dormidos en el regazo de las bibliotecas.

Eran la vida de las vidas que pasaban. Eran los viajantes y al mismo tiempo las propias aguas del río del mundo de los muertos.

lunes, 17 de febrero de 2014

Versos recopilados de escritos de Enero.

Deja a las caricias del mar pasearse a su libre albedrío por tu piel morena, concédeles la gracia de conocerte, de saberte, de experimentarte.
Deja a las caricias del mar que te recorran así como ofreces al sol el privilegio de brillarte, de otorgarte su luminosidad en privilegiado fuego.
Déjales que sean paz.
Déjales que sean la gracia.
Deja a las olas del mar elevarte con fuerza y con cariño, así como el viento cuando te bates entre sus vaivenes.


Deja a las caricias del mar que te atraviesen, así como tus hermosos ojos azules penetran en los míos verdes cuando nos miramos.

Fragmento recopilado de mis escritos de Noviembre.

Se despertaba la mujer donde un ángel nacía.
Su espíritu, de nuevo joven y descansado, amanecía.
Fue una brisa inocua, que soplido tras soplido hurtaba la codiciada melodía. Fue su corazón guardándose para sí toda la gracia. Fue la fuente más esplendorosa de un jardín clausurada en tiempos de sequía. Fueron unos labios finos, sellados por la sombra de un índice anciano, que los calla. Fue la muerte de un artista, fue el más largo silencio, fue la última risa, fue la última balada.
La alborada le tendía su mano amiga de un pálido naranja.
Su semblante tomó el gesto matinal de un cálido bostezo. Contrajo sus párpados dulces. Sus labios conservaban la sonrisa de los lejanos sueños, apoyada en la inocencia de sus mejillas.
Las ráfagas del día atravesaban su corazón, sin que se sintiera por ello vencida o traicionada. Sus cabellos, en un color que armonizaba tonos de castaño y de dorado, describían la silueta del alba, al deslizarse sobre su cuello.
Regresaba al día entre las caricias de sábanas livianas. Volvía a sentir cómo la sangre con sabor a verso y a frutas, fluía por su cuerpo juvenil. La luminosidad de las últimas estrellas de la madrugada, se arrodillaba ante sus irises oscuros y discretos.


Reto al mundo a que responda, si puede; qué razón tendrá la existencia, qué notas cantarán los afligidos,  qué musa inspirará a los poetas; cuando se despida, cuando se marche, cuando atraviese a lomos de un caballo blanco los portales del cielo, y no volvamos a saber de sus mañanas.  

Fragmento recopilado de mis escritos de Diciembre.

Siente como te envuelve la música esta noche, aunque se trate del más vasto silencio. Siente a los ángeles han venido a visitarnos, en el umbral de un gran camino. En el crepúsculo del día, en el despertar del deseo y la fantasía.

Hay ciertos momentos en la vida de un hombre, en que todos sus recuerdos se vuelven uno solo,  en que todas sus esperanzas se agrupan en torno a su pecho henchido y sediento de gloria al compás de sueños tronantes en sus ojos victoriosos.
Recuerda al que es y al que siempre ha sido. Recuerda sus buenos momentos con una sonrisa, recuerda incluso los malos, agradecido, por haberle traído a donde está.
Son momentos en las vidas de todos, afortunados y desgraciados, justos y perversos,  ricos y pobres, valientes y cobardes, reyes y esclavos.
Son momentos en que algún dios lejano se acuerda de su existencia.
Son momentos en que todos sus dioses, todos sus maestros y todos sus fantasmas acuerdan ponerle a prueba.
Son momentos en los que está solo frente a la totalidad del universo y la existencia. Donde la única ayuda posible es el aliento de todos sus amigos y familias, incluso de aquellos a quienes no supo tener en cuenta, aplaudiendo desde la tierra sus pasos, animándole a que no se rinda y continúe fielmente su avance.

Jinete del espíritu indomable que recorre desbocado el inframundo.

Fragmento recopilado de mis escritos de Octubre.

Erase un romántico en una ciudad sin alma.
Mientras introducía la llave en la cerradura del portón principal del melancólico inmueble, concluía que en días como aquel no merecía la pena despertar.
La lluvia caía con la fuerza de un reproche, así que tuvo que darse prisa en introducirse en el edificio, pese al cansancio que soportaba después de la larga carrera desde el trabajo. Entró.
Sufría. La sola visión del rellano se le hizo aún más gris que aquellas nubes que desde el cielo se asomaban a la calle para llorar.
Cada paso pesaba una eternidad. Las escaleras se le hicieron un poco interminables y otro poco fugaces. No dejaba de mirar fijamente al suelo, sin hablar, sin casi pensamiento alguno, sin apenas respiración en el aliento.
2ºB.
Se desplomó sobre el sofá en una posición para nada cómoda, en la típica postura de aquel que padece de una grave y dolorosa angustia. Sin su presencia, el apartamento era la viva imagen de la soledad. Con ella, la mortuoria sombra de la desesperación.
Clavó la vista en el techo atravesándolo con la mirada, buscando más allá del cielo, más allá de las estrellas, en el rincón de la esperanza.
La escasa luz que en aquel día de sombras se filtraba por la ventana bastaba para iluminarle, total, apenas se movía.

Se le empezaba a advertir cómo el tiempo le afectaba en la expresión, cómo día tras día se moría, sin más enfermedad que la tristeza.

sábado, 15 de febrero de 2014

El examen: Prólogo dormido.

Preludio y Allegro (Kreisler-Pugnani)
Traducción a palabra escrita.

I-           Preludio.

Despertarme en un sueño al filo de la madrugada con el molesto sabor en la lengua de tormentas de sangre.
Sombras de sombras en torno a mi figura.
Ojos de fuego, fauces terribles y despiadada sonrisa.
El demonio mismo sobre mi cama.
Me descubro como víctima de un sueño de cicuta.
Tiemblo sin fuerzas y desde la ventana galopa un frío inusitado.
“Por favor, te agradecería que me dejases irme, tengo mucho que estudiar.”
Apenas pienso mientras hablo.
Con la elegancia exquisita que nunca nadie esperaría en semejante fiera, rechaza mi deseo a golpe de mirada. Sonríe y señala que en el fondo soy yo quien ha escogido visitarlo. Y yo callo, por no ser posible estar más de acuerdo.
Pone ante mí mi propio violín, apoyándose en la entrega, de un gesto admonitorio.
Yo cuidadosamente lo sostengo.
Lo levanto con brío situándolo en el espacio que habita entre mi mentón y mi clavícula.
Respiro despacio, navegando en un desierto de negruzcas dunas de humareda en busca de un oasis de calma.
Con porte noble y furibundo dirijo desde el arco unas  caricias firmes y serenas.
Chorros de sangre en notas largas y expresivas. Seguridad y expresión a fuerza de espíritu. Relámpagos de llanto formidables. Cadencias que se elevan como el humo de una tea, de la brisa al huracán,  del  frágil silbido a la pasión sinfónica.
El aire arde  y se dilata. El cielo toma color en el sonido. Las paredes se tiñen de música. 

“Despierta.”

martes, 11 de febrero de 2014

Llueve

Llueve.
Si se pregunta por qué llueve, yo le diré que llueve porque pasa.
Por un camino vestido de hojas secas. Hojas de verde vida, alegre, cuando pasa. Por una ruta entregada a las sombras tristes. Sombras bohemias y melancólicas, cuando pasa.
Qué modesto luce el bosque, qué flores tan marchitas, qué rosas tan débiles, qué silencio, qué mañana.
Hasta que pasa. Hasta que los árboles se imponen ante el cielo, a más no poder de galantería y soberbia, hasta que lo blanco por tímido enrojece, hasta que el viento colisiona contra el tiempo inamovible y canta.
Qué despacio camina el mar, qué lisa está su superficie plateada, qué calma, qué paz, qué rabia.
Hasta que pasa. Hasta que se agita, hasta que ruge henchido de furia el oleaje embravecido, hasta que la espuma se desborda, hasta que cielos y océanos se entrelazan.
Cuando vuelan los pájaros. Cuando los lobos aúllan. Cuando nace la música. Cuando ella pasa.

Llueve.

Ppp

No te vayas. No quiero que te vayas. Estoy harto de perderte y de que te borres en la nada. Estoy harto de echarte de menos, estoy harto de preguntarme si tú también cumplirás con más de lo mismo.
No estás. No quiero que no estés. Estoy harto de no querer quererte, como ahora, y aún así quererte pese a todo, como nunca. Estoy harto de preguntarme si tú me quieres también. Y estoy harto de saber que la respuesta es sí.
Odio que me quieras ¿Lo sabes? Todo sería muy fácil si pudieses odiarme como todo el mundo, pensar en todo desde una sonrisa estúpida, y olvidarme para siempre. Pero sigues ahí, endiablada quietud, sigues ahí esperando que vuelva, como yo espero que vuelvas tú, y nunca más te marches.
Odio que me hagas tan feliz. Odio que sepas que te hago feliz y nunca lo admitas.
Odio sentir como crece en mi un querer verdadero. Verdadero. Nada de magias absurdas que la tradición impone, verdadero. Sentirla como una parte de mí, no pensarla, no figurarla, sentirla en mi corazón tan real como el aire que me golpea, o el dolor que me aniquila, sentirla aquí conmigo aunque haya decidido marcharse.
Odio muchas cosas, muchísimas, demasiadas, pero NO a ti.
No, a ti no puedo odiarte, ni puedo olvidarte ni creerte muerta. A ti te quiero, te quiero de una manera intensa y única que tú no entiendes...
¿Por qué pese a todo tienes que marcharte?
¿Por qué tienes que recordarme como algo que nunca fue nada?
¿Por qué ni tan siquiera me consentiste sangrar el poema sobre el trébol que escribir yo tanto anhelaba?
¿Por qué te vas?
Si todavía nos queremos...