Proyectos de siglo.

Pues sí, creo que va a siendo hora de empezar a entregarme en serio al sueño aquel de ser escritor.
Y supongo que ya es la hora del mundo de empezar a entregarse en serio a su sueño, de ser mundo.


martes, 18 de febrero de 2014

Pequeña escena de antes de salir a escena.

Las maquinitas de lucecitas rojas vociferaban entre códigos y pitidos la inminente venida de la tempestad mediática conocida como horario de máxima audiencia.
Los espectadores, cada uno desde sus hogares, aguardaban impacientes la primicia de aquella nueva sesión.
Iba a ser una ardua batalla contra la competencia.
Nuestro canal, pese a la reciente mala racha de fracasos televisivos, se sentía con fuerzas para el inmediato combate contra el prometedor estreno de sus adversos rivales: Una serie familiar que combinaba con gran estilo el romance y la aventura.
No obstante, las esperanzas de nuestra emisora se sostenían en la fuerte seguridad que es capaz de proporcionar una sabrosa exclusiva en un programa de tertulia del corazón.
Se palpaba el drama y la tensión en los escenarios. Aquella noche rodarían en directo. Más peligroso que cualquier imprevisto de corte violento o agresivo durante el rodaje, sería precisamente lo contrario, que tanto los tertulianos como los entrevistados fuesen incapaces de causar emoción debido a la falta de un guión supervisado por un director de escena segundo a segundo.
Podría haberse dicho que el plató estaba en llamas y no habría sido fácil sencillo percibir la diferencia.
Por todas partes corrían sin rumbo técnicos del escenario y de la buena escena. Era una definición del caos que rozaba la exactitud.
Sosteniendo su escoba con el gesto de un guerrero y la templanza de un buen músico, contemplaba uno más de los bedeles el panorama, desde un rincón oscuro y solitario.
Era un hombre en paz. Sin agobiarse por la dura labor que tendría reservada un par de horas después, tras finalizar la emisión, dejaba a su respiración mecerse entre los vientos del reposo. Entre aquel bullicio humano, sabía encontrar la paz. Se sentía como aquel viejo barquero Caronte de las aún más viejas leyendas, que presenciaba ante sí los millares de espíritus errantes que día tras día debería transportar de un lado al otro del río Estigia. Como este, en lugar de desesperase por  el esfuerzo y la rutina, veía un duro reto ante sí. Y este reto que jamás sería recompensado ni por unos dioses caprichosos, ni por unos roñosos empresarios, le traía la felicidad. Veía en cada suspiro un trepidante relato, una pequeña joya del interés, una purísima gota de la roja sangre que le daba vida.
Eran cientos de millones de libros insatisfechos que nunca caerían dormidos en el regazo de las bibliotecas.

Eran la vida de las vidas que pasaban. Eran los viajantes y al mismo tiempo las propias aguas del río del mundo de los muertos.

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