Se despertaba la mujer
donde un ángel nacía.
Su espíritu, de nuevo
joven y descansado, amanecía.
Fue una brisa inocua,
que soplido tras soplido hurtaba la codiciada melodía. Fue su corazón
guardándose para sí toda la gracia. Fue la fuente más esplendorosa de un jardín
clausurada en tiempos de sequía. Fueron unos labios finos, sellados por la
sombra de un índice anciano, que los calla. Fue la muerte de un artista, fue el
más largo silencio, fue la última risa, fue la última balada.
La alborada le tendía
su mano amiga de un pálido naranja.
Su semblante tomó el
gesto matinal de un cálido bostezo. Contrajo sus párpados dulces. Sus labios
conservaban la sonrisa de los lejanos sueños, apoyada en la inocencia de sus
mejillas.
Las ráfagas del día
atravesaban su corazón, sin que se sintiera por ello vencida o traicionada. Sus
cabellos, en un color que armonizaba tonos de castaño y de dorado, describían
la silueta del alba, al deslizarse sobre su cuello.
Regresaba al día entre
las caricias de sábanas livianas. Volvía a sentir cómo la sangre con sabor a
verso y a frutas, fluía por su cuerpo juvenil. La luminosidad de las últimas
estrellas de la madrugada, se arrodillaba ante sus irises oscuros y discretos.
Reto al mundo a que
responda, si puede; qué razón tendrá la existencia, qué notas cantarán los
afligidos, qué musa inspirará a los
poetas; cuando se despida, cuando se marche, cuando atraviese a lomos de un
caballo blanco los portales del cielo, y no volvamos a saber de sus
mañanas.
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