Erase un romántico en una ciudad sin alma.
Mientras
introducía la llave en la cerradura del portón principal del melancólico
inmueble, concluía que en días como aquel no merecía la pena despertar.
La
lluvia caía con la fuerza de un reproche, así que tuvo que darse prisa en
introducirse en el edificio, pese al cansancio que soportaba después de la
larga carrera desde el trabajo. Entró.
Sufría.
La sola visión del rellano se le hizo aún más gris que aquellas nubes que desde
el cielo se asomaban a la calle para llorar.
Cada
paso pesaba una eternidad. Las escaleras se le hicieron un poco interminables y
otro poco fugaces. No dejaba de mirar fijamente al suelo, sin hablar, sin casi
pensamiento alguno, sin apenas respiración en el aliento.
2ºB.
Se
desplomó sobre el sofá en una posición para nada cómoda, en la típica postura
de aquel que padece de una grave y dolorosa angustia. Sin su presencia, el
apartamento era la viva imagen de la soledad. Con ella, la mortuoria sombra de
la desesperación.
Clavó
la vista en el techo atravesándolo con la mirada, buscando más allá del cielo,
más allá de las estrellas, en el rincón de la esperanza.
La
escasa luz que en aquel día de sombras se filtraba por la ventana bastaba para
iluminarle, total, apenas se movía.
Se
le empezaba a advertir cómo el tiempo le afectaba en la expresión, cómo día
tras día se moría, sin más enfermedad que la tristeza.
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