Llueve.
Si
se pregunta por qué llueve, yo le diré que llueve porque pasa.
Por
un camino vestido de hojas secas. Hojas de verde vida, alegre, cuando pasa. Por
una ruta entregada a las sombras tristes. Sombras bohemias y melancólicas, cuando
pasa.
Qué
modesto luce el bosque, qué flores tan marchitas, qué rosas tan débiles, qué
silencio, qué mañana.
Hasta
que pasa. Hasta que los árboles se imponen ante el cielo, a más no poder de
galantería y soberbia, hasta que lo blanco por tímido enrojece, hasta que el
viento colisiona contra el tiempo inamovible y canta.
Qué
despacio camina el mar, qué lisa está su superficie plateada, qué calma, qué
paz, qué rabia.
Hasta
que pasa. Hasta que se agita, hasta que ruge henchido de furia el oleaje
embravecido, hasta que la espuma se desborda, hasta que cielos y océanos se
entrelazan.
Cuando
vuelan los pájaros. Cuando los lobos aúllan. Cuando nace la música. Cuando ella
pasa.
Llueve.
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