Proyectos de siglo.

Pues sí, creo que va a siendo hora de empezar a entregarme en serio al sueño aquel de ser escritor.
Y supongo que ya es la hora del mundo de empezar a entregarse en serio a su sueño, de ser mundo.


sábado, 6 de junio de 2015

Fragmento de un cuento en borrador.

¡Allá voy! Me siento al piano, dándoles la espalda, y coloco las manos sobre el teclado. Cierra los ojos… Respira… El primer acorde comienza a gemir como un lamento desatado. ¡Buen comienzo! Su sonido resuena en el aire y poco a poco se diluye en un murmullo de ecos arrebatados por la tarde. Después, dejo caer un acorde roto y salvaje que arranca el aliento en todas las almas. Es el atronador cañonazo de una verdad desesperada que hace vibrar la seda de sus ropas, el oro de sus joyas, la mugre que esconden en la médula del alma. Y yo crezco. Sobre el sonido me elevo como un gigante, soberbio, implacable. ¿Lo escucháis? ¡En este acorde soy yo mismo! ¡Soy yo, son mis huesos, es mi sangre! En mis manos estalla una tormenta. Tras este acorde mis vecinos ya no son nadie. Están sin palabras, están desnudos. No tienen más color que el de sus famélicas pieles pálidas y rollizas. Sus emociones son las mías, mi agonía es su agonía. ¿Me veis? Puedo hacer lo que quiera. ¿Me entendéis? Ahora crezco y vuestros corazones se detienen. ¿Me sentís? Ahora amáis la vida. Ahora lo odiáis todo. No puedo veros pero sé que estáis inmóviles, clavados en el suelo, pasmados.
Toco las teclas con pasión arrastrándoles conmigo a una tierna melodía con sabor a esplendorosa primavera. ¡Dulce brisa! Parece como si un aire fresco, suave, entrase por la ventana y una fina lluvia de pétalos rosados cayese sobre la alfombra sucia. ¡Qué paz! ¡Qué sosiego! Poco a poco voy ganando velocidad. La melodía discurre como un canto de luna. Soy un mar en calma, tengo el océano en mis manos. Mis manos, huesudas y azulonas, recorren como tarántulas el piano en un aluvión de fusas desbocadas. Bailan en arpegios la gracia serena de una dulce serenata. Dibujan el arroyo cristalino, el agua fresca, trazan los caminos del valle, las flores acariciando la hierba… ¡Algo va mal! A esta música le falta algo… ¡Está incompleta! ¡Falta su violín! ¡Falta ella!
Y entonces la veo. Su imagen se enclava en mi recuerdo y la música se carga de un temblor frío y frenético. Siento un sudor gélido detrás de las orejas. Mi cuerpo se estremece en un trémolo ligero que crece hasta la rabia, furioso. ¡Laura! Está en el valle. Lleva un vestido rojo. El viento agita enfurecido los negros cabellos esparcidos por el cuello, el pecho le sube y baja violentamente. Está tocando la parte del violín, con rabia, al compás de la furiosa primavera. ¡Laura! Trato desesperado de borrar su imagen. El sonido del piano se estremece. Me revuelvo como un ahorcado balanceándose, buscando respirar, buscando el equilibrio. Me revuelvo sobre mí mismo en un anhelo rabioso de libertad. No puedo parar de tocar, no puedo darme la vuelta, no puedo… ¡Ella no es real! ¿Estoy enloqueciendo? ¿Acaso no escucho sus armónicos desesperados? Mi música y la suya se enfrentan en un duelo imposible. Aquí una fuga, allí un silencio. ¡No! Respiro fuerte, tratando de serenarme, de doblegarme a mí mismo sobre el teclado. Ahora las melodías cantan respondiéndose la una a la otra en un torrente sonoro apasionado. Me arden las yemas de los dedos y un intenso dolor me atraviesa la espalda. Me embelesa el recuerdo ponzoñoso de su ardiente amor, hoy frío, hoy lejano. Poco a poco las melodías comienzan a difuminarse entre un huracán de tonos encendidos… para reaparecer todas entremezcladas en un contrapunto desquiciado. Por fin el piano suena deslumbrante, magnífico, imperial... Ahora la música es mía. Con esta música, capaz de doblegar las voluntades, he logrado dominarme a mí mismo. Ya no está Laura, porque no quiero que esté. Ya no quiero quererla. Ya no sufro más que por el dolor eléctrico de las articulaciones, tan sabroso y estimulante. ¡Soy el compositor de mi persona misma! ¡Soy poderoso! ¡Soy libre!  

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