¡Allá voy! Me
siento al piano, dándoles la espalda, y coloco las manos sobre el teclado. Cierra
los ojos… Respira… El primer acorde comienza a gemir como un lamento desatado.
¡Buen comienzo! Su sonido resuena en el aire y poco a poco se diluye en un
murmullo de ecos arrebatados por la tarde. Después, dejo caer un acorde roto y
salvaje que arranca el aliento en todas las almas. Es el atronador cañonazo de
una verdad desesperada que hace vibrar la seda de sus ropas, el oro de sus
joyas, la mugre que esconden en la médula del alma. Y yo crezco. Sobre el sonido me elevo
como un gigante, soberbio, implacable. ¿Lo escucháis? ¡En
este acorde soy yo mismo! ¡Soy yo, son mis huesos, es mi sangre! En mis manos estalla una tormenta.
Tras este acorde mis vecinos ya no son
nadie. Están sin palabras, están desnudos. No tienen más color que el de sus famélicas
pieles pálidas y rollizas. Sus emociones son las mías, mi agonía es su agonía.
¿Me veis? Puedo hacer lo que quiera. ¿Me entendéis? Ahora crezco y vuestros
corazones se detienen. ¿Me sentís? Ahora amáis la vida. Ahora lo odiáis todo.
No puedo veros pero sé que estáis inmóviles, clavados en el suelo, pasmados.
Toco las teclas con pasión arrastrándoles conmigo a
una tierna melodía con sabor a esplendorosa primavera. ¡Dulce brisa! Parece
como si un aire fresco, suave, entrase por la ventana y una fina lluvia de
pétalos rosados cayese sobre la alfombra sucia. ¡Qué paz! ¡Qué sosiego! Poco a
poco voy ganando velocidad. La
melodía discurre como un canto de luna. Soy un mar en
calma, tengo el océano en mis manos. Mis manos, huesudas y azulonas, recorren
como tarántulas el piano en un aluvión de fusas desbocadas. Bailan en arpegios
la gracia serena de una dulce serenata. Dibujan el arroyo cristalino, el agua
fresca, trazan los caminos del valle, las flores acariciando la hierba… ¡Algo va mal! A esta música le falta algo…
¡Está
incompleta! ¡Falta su violín! ¡Falta ella!
Y entonces la veo. Su imagen se enclava en mi recuerdo y la
música se carga de un temblor frío y frenético. Siento un sudor gélido detrás
de las orejas. Mi cuerpo se estremece en un
trémolo ligero que crece hasta la rabia, furioso. ¡Laura! Está en el valle. Lleva un vestido rojo. El viento
agita enfurecido los negros cabellos esparcidos por el cuello, el pecho le sube
y baja violentamente. Está tocando la parte del violín, con rabia, al compás de
la furiosa primavera. ¡Laura! Trato desesperado de borrar su imagen. El sonido
del piano se estremece. Me revuelvo como un ahorcado balanceándose, buscando
respirar, buscando el equilibrio. Me revuelvo sobre mí mismo en un anhelo
rabioso de libertad. No puedo parar de tocar, no puedo darme la vuelta, no
puedo… ¡Ella no es real! ¿Estoy enloqueciendo? ¿Acaso no escucho sus armónicos
desesperados? Mi música y la suya se enfrentan en un duelo imposible. Aquí
una fuga, allí un silencio.
¡No! Respiro fuerte, tratando de serenarme, de doblegarme a mí mismo sobre el
teclado. Ahora las melodías cantan respondiéndose la una
a la otra en un torrente sonoro apasionado. Me arden las yemas de los dedos y un intenso dolor me
atraviesa la espalda. Me embelesa el recuerdo ponzoñoso de su ardiente amor,
hoy frío, hoy lejano. Poco a poco las melodías comienzan a difuminarse entre un
huracán de tonos encendidos… para reaparecer todas entremezcladas en un
contrapunto desquiciado. Por fin el piano suena deslumbrante, magnífico,
imperial... Ahora la música es mía. Con esta música, capaz de doblegar las voluntades,
he logrado dominarme a mí mismo. Ya no está Laura, porque no quiero que esté. Ya no quiero quererla. Ya no sufro más que por el dolor eléctrico de las articulaciones,
tan sabroso y estimulante. ¡Soy el compositor de mi persona misma! ¡Soy
poderoso! ¡Soy libre!
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