Prokofiev - Tormenta de Nieve, de la
ópera Guerra y Paz Op. 91
La
lluvia opaca caía marchita y áspera sobre la tersa piel de la indomable fiera.
Esta, que se
acurrucaba en la calidez inmoral del frío, graznó una secuencia de notas
escogidas por capricho, las cuales un criterio de aspiraciones eruditas
condecoró en título de melodía.
El retumbar
de un trueno sonoro coincidió con la embestida fónica de las campanas de la
catedral, que puso en guardia al ave carroñera, exhortándola a entregarse a un vuelo
de navegante a través del lecho de las sombras.
Sobrevoló
el capitán de las penumbras la avenida principal por la que dos humanas
siluetas solitarias caminaban.
Ambos
individuos marchaban encapuchados a paso de ritmo fuerte, tratando de zafarse
del aliento de la tormenta. En medio de aquella oscuridad podrían haber pasado
por indistinguibles, si bien el que caminaba al frente lo hacía con aún más
gallardía, clase y apostura, que el segundo cuya complexión física era bastante
inferior a la de su acompañante quien además le superaba ligeramente en
estatura.
Nada más
podemos decir aún de su aspecto, obligados a tener en cuenta que se ocultaban
de acuerdo a la necesidad fluvial.
-¡Ya falta
poco!- Gritó el primero con la voz agradable propia de un guardián, aunque en
la entonación informal de un buen amigo.
El
segundo respondió algo similar a una queja, pero que resultó incomprensible de
traducir en medio del fragor de la lluvia.
Tras
recorrer una larga serie de caminos poco frecuentados por la ciudadanía
decente, encontraron un acceso oculto a la vista de cualquier observador
novato, a un inmueble viejo, oscuro y siniestro.
El
primero del par fue quien con cierta prisa y malestar golpeó con fuerza el lomo
astillado de la puerta.
Un niño
tullido con aire desconfiado salió muy molesto a recibirles. El segundo hombre
al dirigirle la mirada no pudo evitar leer en el rostro del chiquillo cierto
desapego por la vida, además de una latente inseguridad para con su persona,
aunque fiel cumplidor de las órdenes recibidas por su amo, las cuales solían
adaptarse a su débil condición física.
-Buenas
noches, ¿Qué se les ofrece caballeros?- Sus falsos modales, y su voz tosca y
grave le hacían parecer aun más rudo.
El mismo
hombre que llamó a la puerta, se agachó hasta estar a la altura de la oreja
derecha del niño, susurrando unas palabras que le provocaron un gesto de
malestar y una forzada invitación a los dos transeúntes a adentrarse al
interior del edificio.
Los dos
hombres tiritando y chorreando ingentes cantidades de agua turbia caída del
cielo en la piel de sus capas negras, cruzaron el umbral sin más dilación, empujados
con más fuerza por el malestar de la incomodidad meteorológica que por el
cumplimiento de su deber.
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