El año
nuevo se levanta y es mi barco el vendaval.
La
ciudad me aterra, y tú lo sabes aunque tontamente te confundas, aunque casi a
gritos disimules y rehuyas mis miradas tan dotadas de sentido.
No, no
me dan miedo los coches, ni el ruido, ni el tráfico, ni la gente que llora, ni
la gente que ríe, ni el chasquido de las llamas que despiertan el humo, ni el
susurro de los ríos de la sangre derramada sin justa causa para ningún dios.
Lo que
me aterra es el significado, es el sentido.
Lo que
me aterra es saber que el caos irracional de sistemas fónicos que impera en
este mundo, es un eufemismo del silencio.
No me
aterra que el ruido impida que se escuchen mis palabras, sino que tiemblo por
saber que cuando calle, será por no tener nada para decir, ni nadie con quien
callar.
Necesitamos
nuevas historias.
Necesitamos
un mensaje que nos empuje a volver a levantarnos.
Necesitamos
a nuevas criaturas, que absorbidas por una imaginación joven, den vida a nuevas
fábulas.
Necesitamos
dar la vuelta al mundo en un segundo, para volver a vivir a cada instante el
instante primero de todas las vidas ya vividas y de las que vengan.
No somos
el vástago bastardo de otro siglo.
Nosotros
somos nosotros, somos un comienzo en bancarrota, somos un cambio incorruptible,
somos un ya basta reprimido, somos un no te pares desvalijado.
Año
nuevo, vida nueva, y manos al teclado.
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